Párvulos Redondeando: Berrinche en el Congreso

Entre tanto desorden y berrinche político, me parece que mucho juego de niños esto: ¿dónde están los adultos?

Párvulos Redondeando: Berrinche en el Congreso

En el calabozo de algún centro jesuita francés, allá cerca de por un siglo de oro e iluminación, se escribe (¿sobre papel? ¿papiro, pizarra inflexible?) un centenar de recomendaciones al párvulo vagabundo, para mejor dirigir su accionar y convertirlo en hombre hecho y derecho. Tal vez un estudiante las traduce en el sopor de sus tardes escolares, y tal vez un futuro presidente americano las encuentra en su propio asueto, y así es como arribamos a las normas de urbanidad (Rules of Civility de George Washington) que rigen nuestro comportamiento cívico.

El comportamiento lo dicta la élite, la aristocracia con sus pelucas y atavismos (un autor hondureño lo palabrea mejor que yo), de allí emana la cultura general, goteando como techo adobado y permeándonos a nosotros los de abajo, y en ese moho de costumbre ajena es que nos desdoblamos en nuestras pretensiones.

Pero de alguien lo tuvimos que aprender.

¡BERRINCHE EN EL CONGRESO!

#1. Cualquier acción frente a un público debe de hacerse con respeto a los que están presente.

Me he vuelto inmune a los dramatismos de la élite política de mi país. Fuese culpa de Donald Trump, o el colapso de la retórica gringa-americana, o un tema de liderazgo expuesto a la luz del sol (leáse Twitter), como lo sospecha Martin Gurri en su libro estelar (vuelvo a insistirles que lo lean); fuese culpa de mis propias inclinaciones hacia la literatura fantástica e imposible de Borges; fuese culpa de la máquina incansable de Hollywood; fuese culpa de un mundo sobreexpuesto y triple-filtrado, gritando enmudecido desde mil y un pantallas—la torpeza del siglo 21 como vacuna ante el asombro—de quien sea que fuese culpa (nunca mía), ya se me hacen igual esas tonteras.

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Pero sigo pegada a la cepa de maldad digital, y leo lo que comentan mis amigos, escucho a una gerenta por mi cubículo decir no ustedes que vergüenza, y pienso en las personas que me conocieron por un minuto, que si, al ver noticias del desastre en nuestro congreso, piensan, ay no, pobres hondureños.

¿De quién lo aprendimos?

Ok, nación incipiente, apenas con un bicentenario de experiencia y telenovela, escaza en recursos y buena fe. Lo dice mi amigo y lo apoya Ramón Rosa: esta gente clientelista movió a una capital, le abrió la puerta (y el puerto) a los bananeros y ahora se le hace agua a la boca ante la posibilidad de recortar la integridad territorial de nuestro país. Se me hace difícil culpar a una élite, entonces, cuando el poder merodea por aquí y por allá, y las élites cambian de cara pero nunca de costumbre.

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#22. No se muestre alegre ante el infortunio del que pudiera ser su enemigo.

Pero tampoco es de alegrarse de que cambiaron las caras y los mismos desastres acosan los pasillos de nuestra cuna legislativa, ni de apuntar el dedo y decir, si todos son iguales, o peor, si, son los mismos de siempre. Consideremos que en los EE UU el (aun-no-difunto) Presidente Biden nos entretiene con una de las peores conferencias de prensas que su servidora alguna vez ha visto, o que Putin anda lloriqueando sobre el escenario global porque no quiere compartir su juguetito ucraniano.

Consideremos, entonces, como dicen mis dos rusas favoritas, que nos merecemos una mejor clase élite, no esta manada de aburridos y rudos y caprichosos, estos párvulos con pésimo gusto. Vargas Llosa le llama la civilización del espectáculo, pero a mi que ya mucho show.

#38. Al visitar a los enfermos, no se haga el doctor si no sabe de medicina.

No es que por leer al Sr. Washington nos curamos, ni pretendo ignorar el puritanismo de recomendar una normativa añejada, pero tal vez nuestra fascinación con la nostalgia (luego hablo de eso) la convierta en dictamen favorable a esta generación, que comprobó su poder cívico en noviembre, y poco a poco navega su juventud ofuscadora y abrumante para arribar a la madurez de un adulto pensante.

#110. Con esfuerzo diario puede mantener viva la llama de aquel fuego celestial que algunos llaman consciencia.