Meditaciones en una Crisis Bicentenaria.

Honduras y la región centroamericana celebran su cumpleaños; no está de más compartirles un par de meditaciones en una crisis bicentenaria.

Meditaciones en una Crisis Bicentenaria.

Dicen que los hombres sufren las peores crisis de los cuarenta, pero todos sabemos que la vida de una mujer es crisis perenne (testigo pleno, voy por la quinta y no miro que el asunto desista).

Compras un Ferrari, te divorcias, renuncias a la monotonía de un escritorio, operación tras operación, promesas de cambio y renacimiento, un proceso quirúrgico para desarrugar lo arrugado.

Así se siente la vida de este istmo inundado. Rondando la vuelta de septiembre, me preocupo por las lluvias del próximo mes, por las estructuras que aún no erigimos como salvaguarda ante el torrencial de todo lo que no podemos controlar. Se aproxima el invierno (frase trillada que suena mejor en inglés) y me pregunto si nos encontrará preparados.

Ella es Honduras—o llámala Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica—y ella está en crisis. Por lo menos esa es la historia que leo, en revistas europeas de renombre que claudican desde sus lechos cómodos y primermundistas: crisis, olvido, desafío y una antorcha desamparada.

Fuente: El 19 Digital

(Aguántame un par de párrafos más, tal vez valga la pena).

Bicentenario Centroamericano

La región está de parranda. Vamos a publicar un libro, las calles se envuelven en atuendos de palillonas y un tambor resuena en el continente de Morazán. Los estudiantes agotados desfilan después de meses de encierro, se les ha olvidado como hacer una tarea de matemática, pero nunca se les olvida el son de marimba y festejo.

Y Centro América sonríe, por no echarse a llorar.

Lo escribo así en apología a las palabras risueñas de hace media década, cuando aún no azotaba la primera crisis, cuando mis esperanzas sobrepasaban mis preocupaciones—era joven y tal vez no pido perdón por haberlo sido, pero si por haberlo disfrutado tanto.

Septiembre - Vuelve al Centro

Crisis de cuarenta: que adorable. ¿Acaso se asemeja a la crisis bicentenaria? Estamos de cumpleaños, pero recuerden que la fiesta acaba a las diez. Así lo decretaron las autoridades.

He crecido en mi país, rebotando entre la desesperación y el asombro. Hay días de tráfico en que cunde el pánico, pero también hay atardeceres playeros que me quitan el aliento y cuando respiro, reina la calma. Y ante su belleza cuarentona, ante su carácter implacable de mujer intransigente, no me queda más que quererte, Honduras. Bien dijo el autor que para quererte el corazón mío no alcanza.

Ayer hablé con una emprendedora hondureña. Fue rutina laboral, un trabajo que tenía que hacerse, no había tomado suficiente café, andaba de malas, y algo dijo—que fue lo que dijo—que me dejó sonriendo. Palabras cotidianas, del talento de mi comunidad y las riquezas de mi país, las pláticas trilladas de siempre, pero sonreí, porque no era momento para echarse a llorar.

No es momento para echarse a llorar. Aún goza de su juventud, las arrugas no están impresas sobre su faz. Que no le distraigan las cosas de cuarentona, hay tanto bonito que contar.

Bendiga Dios la pródiga tierra en que nací.
Fecunden el sol y las lluvias sus campos labrantíos; florezcan sus industrias y todas sus riquezas esplendan magnificas bajo su cielo de zafiro.

Cual Ferrari: recuerdo el arraigo literario y la costumbre del hogar, todo aquello que no es superficial y efímero: me aferro a la historia de los que vinieron antes de mi. Doscientos años y que sean doscientos más y cuando alguien vuelva a escribirla, que sea con esperanza. Es la luz que despierta entre las tinieblas. No voy a negar los desafíos, más bien encararlos porque aún me queda un poco de esa ingenuidad de niña hondureña.

Compra local, alza la voz, desfila y escucha a tu vecino. Que no te ahogue la crisis—no te preocupes, esto va a pasar. Todo va a estar bien. Pero te necesito fuerte, animada, optimista ante la posibilidad que ningún sentimiento es el último.

Feliz cumpleaños, campeona.

Photo by Taylor Brandon / Unsplash