Línea de Kármán o los confines de la desigualdad

No buscan estos párrafos definir qué es lo que uno de los empresarios más exitosos de la historia moderna debe decir luego de semejante hazaña (faltaba más).

Línea de Kármán o los confines de la desigualdad

No es ningún secreto que el ser humano siempre fantaseó con la posibilidad de conquistar el universo. Lo ha manifestado en miles de libros, en cientos de películas y hasta en un par de caricaturas. También lo ha hecho evidente a nivel político, científico y, de manera más reciente, empresarial. Prueba de ello es la desenfrenada lucha que disputan tres billonarios para definir quién será el primero en desarrollar la incipiente industria del turismo espacial. Es natural impresionarse al ver que la ciencia ficción se transforma en realidad, pero también debería ser natural cuestionar la urgencia con la que se buscan derribar las puertas de un universo que ni nos quiere ni nos pertenece.

Hace algunos días el inglés Richard Branson alcanzó su sueño más grande: ser turista en el espacio. Lo hizo a bordo de la nave VSS Unity (propiedad de su empresa Virgin Galactic) y, aunque no llegó a cruzar la Línea de Kármán (límite entre la atmósfera y el espacio exterior), sí logró, junto a su tripulación, elevarse 53 millas sobre la tierra, alcanzando un punto sin gravedad desde el que también pudieron observar la curvatura de nuestro planeta. Las palabras de Branson al salir de la atmósfera terrestre fueron: "Mi misión era convertir el sueño de los viajes espaciales en una realidad para mis nietos, para sus nietos, para muchas personas que viven hoy, para todos”.

Es de las declaraciones de Branson de donde surge la idea de escribir esta pieza. Porque sin duda fueron expresadas desde un privilegio tan infinito como su fortuna. No buscan estos párrafos definir qué es lo que uno de los empresarios más exitosos de la historia moderna debe decir luego de semejante hazaña (faltaba más). Y tampoco pretendo poner en tela de juicio su honestidad. Lo que sí puedo asegurar con datos como respaldo, es que son palabras vacías. Porque es imposible pensar que en un mundo en el que el 1 % de la población más rica posee el 50 % de todos los bienes, el sueño de conocer el espacio estará algún día al alcance de las casi ocho billones de personas que habitan este planeta.

La mitad de la población mundial posee sólo 1% de la riqueza • Economía y finanzas • Forbes México
La riqueza neta mundial creció en 2018 hasta los 317 billones de dólares, de los que el 1% más rico se quedó con el 47%. El 60% de la riqueza se concentra en América del Norte y Europa occidental.

Son sus billones y pueden hacer con ellos lo que quieran, pero sería muy mezquino de nosotros, los simples mortales, no querer ver que un acontecimiento que debería ser el pináculo del desarrollo humano, se lleve a cabo cuando en el mundo aún hay millones de personas que no viven con dignidad (no con excesos, con dignidad), solo porque el sistema dicta que así son las reglas de estos juegos del hambre.  Y es que mientras Virgin Galactics asegura tener una lista de más de 600 personas dispuestas a pagar $250,000 para realizar un viaje a las estrellas, más de 600 millones de personas continúan sobreviviendo con menos de $1.90 al día. Es inevitable conocer estos datos y no llegar a la conclusión que la desigualdad, al igual que el universo, se mantiene en constante expansión.

Y no, la solución no es que tres billonarios dejen de invertir en el turismo espacial y empiecen a donar sus inagotables fortunas en dar de comer a toda la humanidad; eso suena al deseo de alguna concursante de Miss Universo, y aún seguimos sin descubrir cómo se convierten los deseos en comida. El remedio es tan complejo y desconocido como el cosmos que tres tres ególatras super ricos pretenden conquistar. La salida de esto no es ni por la izquierda ni por la derecha; es por algún otro ángulo o quizás por otra dimensión. Tal vez hay que cavar un pozo entre todos e intentarlo por abajo, o quizás haciendo una pirámide humana encontremos algo por arriba. Nadie lo sabe, pero algo tendremos que probar. Porque lo que es evidente es que tanto la izquierda como la derecha han comprobado a lo largo de la historia que son cojas y, lo que es peor, ya no quieren caminar.

El problema no es viajar a las estrellas, eso es algo con lo que siempre hemos soñado. El problema es que eso abre un nuevo círculo del infierno. Incrementa las capas que separan a los pocos (muy pocos) afortunados que habitan el paraíso, de los millones que no pidieron nacer en el infierno. Aunque, al parecer, el resquicio de esperanza que nos da escuchar que dios y el sistema creen que con esfuerzo se puede escalar el infierno hasta llegar al paraíso, ha sido la zanahoria con la que nos han mantenido tranquilos. Tal vez en esta ocasión habría que apostarle a otro dios, a otro sistema o a otra zanahoria.

Quiero ir cerrando estas líneas porque sé que ahora ya no nos gusta leer mucho y serán pocos los que lleguen hasta aquí. Y mientras pienso cómo concluir, me doy cuenta que el turismo espacial es como un gran anuncio entre dos segmentos de un noticiero en Latinoamérica. El dinero alcanza cada vez menos, pocos tienen casa propia, hay una pandemia que parece nunca detenerse, del océano está saliendo fuego; pero, hey, miren, ya podemos viajar al espacio. Un gran futuro nos espera a todos.

Ya me decidí, concluiré con un meme. Ese de un vaquero engañando a un astronauta. Porque los que no podemos viajar al espacio somos Buzz Lightyear, y el sistema que nos engaña haciéndonos creer que un día podremos es Woody. Una referencia aún más certera cuando te das cuenta que el personaje al que están engañando es un juguete de astronauta... que cree ser un astronauta de verdad.

No hace falta agregar texto para entender el meme en este contexto


                                                  Etcetera News, Guatemala, 15 de de julio de 2021