La llama(da) olímpica

Era, en mejores palabras, una luz con la que los seres humanos podrían alumbrar su camino para nunca dejar de avanzar.

La llama(da) olímpica

La llama olímpica es una conmemoración del fuego que Prometeo robó a los dioses griegos para ponerlo a disposición de la humanidad. Y, aunque este fue usado como herramienta para combatir el frío y cocinar alimentos, representaba algo mucho más poderoso: era la base creadora de toda la cultura y el progreso técnico. Era, en mejores palabras, una luz con la que los seres humanos podrían alumbrar su camino para nunca dejar de avanzar. Por eso los Juegos Olímpicos son, desde su simbología, tan políticos como deportivos. Porque la llama que marca su inicio también expone los fracasos de nuestra sociedad.

Tommie Smith y John Carlos entendían lo que el podio olímpico significaba. Ellos no llegaron a la ahora Ciudad de México hace 53 años en busca de medallas, sino de la atención del mundo entero por algunos segundos. Cargaron con el peso de representar a un país que los excluía y se avergonzaba de ellos, por la oportunidad de darle voz a las millones de personas que eran privadas de una vida digna a causa del color de su piel. Aptos para defender la libertad en las Olimpiadas y en la guerra de Vietnam, pero no para disfrutarla en su país.

La imagen de sus brillantes puños cerrados retumbó más recio que The Star-Spangled Banner y brilló más fuerte que los metales que colgaban en sus pechos. Lograron vencer al sistema que había sometido a su gente durante siglos, y el golpe fue tan certero que ocasionó su expulsión de la villa olímpica, y una respuesta tan inmediata como racista de parte de los medios hegemónicos en Estados Unidos. Los acusaron de tener una “mentalidad retorcida” por faltar el respeto a una bandera que, a ellos, nunca los había representado.

El racismo sistemático continúa empujando a la periferia de las oportunidades y la libertad a millones de estadounidenses de color. Falta un largo camino por recorrer, pero, a pesar de ello, son innegables los avances alcanzados en las últimas décadas. Para algunos la revolución ocasionada por Smith y Carlos en las Olimpiadas de 1968 podría parecer pequeña e insignificante al ser comparada con las luchas y protestas que acabaron con la vida de miles de personas y sacudieron los fundamentos de “la tierra de la libertad”, pero ninguna de ellas había contado con un escenario como el que ofrecía el Estadio Olímpico Universitario esa tarde de octubre . Esos rostros cabizbajos reflejaban el peso de 350 años de esclavitud.

Para algunos eran locos y para otros revolucionarios (tal vez no se puede ser uno sin el otro). Sea cual sea nuestra apreciación personal, la realidad es que esa pequeña demostración de rebeldía es hoy historia olímpica y universal. Lo que nos lleva, de manera inevitable, a preguntarnos si en Tokio experimentamos un suceso de semejante magnitud. Me gustaría pensar que sí. En 1968 el fuego robado por Prometeo sacó de las sombras el racismo, y en el 2021 ha sacado de las sombras a la salud mental.

Hoy algunos ridiculizan y sacan de contexto el retiro de Simone Biles de varias competencias de gimnasia artística acusando temas de salud mental, pero así lo hicieron también con Tommie y John a finales de los sesentas. En ese momento el mundo necesitaba entender que el racismo era un sistema perverso y sanguinario (aunque escucharlo incomodara a muchos). Tal vez en esta ocasión necesitamos entender que la salud mental es real e importante, y que el miedo y las angustias que vinieron de la mano con la pandemia nos afectaron a todos de diferentes maneras. Quizás si hablamos de los demonios en nuestras cabezas hoy, no tengamos que seguir enfrentándolos en cincuenta años.  

                                             Etcetera News, Guatemala, 06 de agosto de 2021