La Crisis de Joe Rogan

Porque no hay suficientes opiniones por allí, tenía que pasarles la mía acerca del tema.

La Crisis de Joe Rogan

Me recuerdo a los tres o cuatro años que salí corriendo del lado pachito de la piscina del Country y mi mamá o papá grito en voz aguda no Maria Teresa regresate ahorita mismo y yo seguí mi camino, piernitas michelín saboreando la libertad de no obedecer—rebelde, libre, contraria incluso, y todo por curiosear la profundidad del otro lado, que yo desconocía, el lado que se miraba igualito al lado pachito salvo a su tabú, y entonces claro cuando me dijeron cuidadito te vas para allá lo primero que fijé como objetivo fue irme para allá y para allá me fui y cuando hice impacto con el agua dura y gélida pensé por primera vez, tal vez aquellos señores que me cuidan (padres) tenían razón.

Pero sobreviví y pataleé las piernitas y llegué al lado pachito y aquí estoy para contarles el cuento algo enredado y parecidamente irrelevante a la guerra medieval que se desenvuelve en las plataformas privadas de nuestro siglo 21. A ver, por donde comenzar con el cuento de Joe Rogan.

La (Algo Objetiva) Cadena de Eventos

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2003 – indicios de un producto mediático surgen a través de conversaciones entre Joe Rogan y Brian Redban.
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2009 – Joe Rogan lanza su primer episodio semanal en Ustream, invitando a distintos comediantes amiguis, platicando temas de interés mutuo, malhablados, envueltos en sus humaredas de yo-no-se-qué, disfrutando de la conversación.
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2010 – Nace The Joe Rogan Experience, se adentra en SiriusXM, un juguete erótico le paga un par de spots promocionales, crece, crece, me aparece en mi Apple Podcasts feed…
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2013 – Se establece un canal en el espacio de Youtube, y Jamie lo acompaña como productor y editor (hasta cierto punto).
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2020 – Joe firma un trato exclusivo con Spotify por 100 millones de dólares americanos. También se muda a Austin, pocilga de pensamiento dado-vuelta y progresista.
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2022 – Un par de doctores visitan el ‘pod’ y…¡CRISIS!

Me recuerdo perfectito la primera vez que escuché a Rogan. Uno de esos amigos gringos inteligentones que lo proclamaba como héroe y figura a seguir, ídolo de las frecuencias radiales, hombre digno y además, chistoso—humilde, bueno, sin bozal mediático, abierto a cualquier punto de vista—¿ya les mencioné además que era bueno?

Lo escuché y lo abandoné por un rato—muy larga esa vaina y hay cosas que hacer—y de vez en cuando regreso a escucharlo con Elon Musk y otras personalidades destacadas, doctores que se pronuncian en contra de la vacuna o a favor de, figuras algo provocadoras y otras que no tan, porque me parece que es un hito cultural de nuestra generación (similar al donde estabas vos cuando mataron a Kennedy) y que es importante manejar el habla de los tiempos.

Weird Times, Man

Bueno y toda este despelote se desembocó hace un par de semanas porque el señor tuvo un par de conversaciones que no le parecieron a 270 médicos profesionales quienes redactan y firman sus quejas y las mandan para que el mundo las lea. Y después dos artistas (¡uno Canadiense!) retiran su catálogo musical de Spotify en protesta a lo que claramente es una plataforma que enaltece la falsa información, y después Joe Rogan saca un video disculpándose—y ya cuando la Casa Blanca empieza a emitir opiniones es que me pregunto…¿y cuál es el peligro aquí chicos?

Y como aquella bebecita michelin de antaño, fui a sumergirme a las profundidades del argumento, escuché ambos podcasts mentados, leí varias opiniones, la carta esa la busqué por unos veinte minutos, le pregunté a una amiga que pensaba…en fin, hice el proceso investigativo diligente y hasta me fie de una entrada de Wikipedia para escribirles el cuento a ustedes.


Cada quien, supongo. Vacunese, no se vacune, cuidese, no se cuide; quiero claudicar que es un imperativo moral, pero al mismo tiempo me puede la vena libertaria derivada de mucho libro randiano, y quiero decir: usted ármese de hechos, fortalezca su argumento y tome la decisión a la cual su criterio ha arribado. Usted no es bebe michelín, es mujer soberana, independiente, y tiene el mundo a su disposición.

(Al igual que la mayoría de la audiencia de Joe Rogan, el público meta al cual me refiero en este escrito.)

Pero no quiero tratar de abarcar la gran división política de nuestros tiempos, suficiente el pleito familiar y la plática de siempre—dios mío, la conversación eterna que rige estos meses pandémicos—más me quería enfocar en la infantilización del individuo que nosotros mismos hemos permitido, algunos invitando, rogando a que nos digan que hacer y así poder hacerlo sin crítica, respingue, palabra pesada. Es lo nice de ser creatura pueril e ingenua: usted no tiene que asumir la responsabilidad por sus opiniones y decisiones.

Y ojo que siempre va a peligrar lo profundo en el horizonte, siempre habrá espacios oscuros e intrigantes que atraen la mirada, y se nos hace imprescindible, diría yo, aprender a nadar.

Bueno, ya no estoy chiquita para que Neil Young me diga que hacer. Déjeme solita escuchar la opinión y tomar una decisión, déjeme empoderarme—más bien, ayúdeme a empoderarme—porque siempre voy a querer aventurar fuera de los mares pachitos, es mi naturaleza, y navegar hacia lo desconocido. Usted no me va a detener, ni que me quiten a Joe Rogan de Spotify. No se preocupen, padres autoritarios y restringentes: yo voy a seguir nadando.